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miércoles, 28 de diciembre de 2016

LA NAVIDAD DE SNOWY

LA NAVIDAD DE SNOWY

  
El año que mamá Noél repartió los regalos de NavidadEse año, los niños estaban muy contentos, porque iban a tener una Blanca Navidad. En efecto, poco antes de Nochebuena había caído una fuerte nevada, y se esperaba que la nieve aguantase varios días antes de derretirse.
Con la nieve todo estaba muy bonito, y además podían patinar sobre el estanque helado, jugar a dejar huellas, o hacer un gran muñeco de nieve. Eso era precisamente lo que habían hecho los niños del barrio, y en lo alto de la colina había aparecido Snowy. Era un muñeco gordinflón y sonriente, con un elegante sombrero de copa, una bonita bufanda, una larga nariz de zanahoria, una gran sonrisa pintada en su cara, y con ramitas como brazos.
Los niños estaban muy orgullosos de Snowy, y les gustaba mucho jugar cerca de él. Se tiraban en trineo desde lo alto de su colina, le usaban para que no les vieran cuando jugaban al escondite, echaban carreras alrededor de él, y cuando hacían guerras de nieve a su lado, su sonrisa bonachona les recordaba que no tenían que tirar las bolas muy fuerte para no hacerse daño. Alguna vez, cuando nadie miraba, Snowy, que era muy bromista, tiraba una bola de nieve a algún niño despistado, que se quedaba muy sorprendido y sin saber quién se la había arrojado.
Snowy se llevaba además muy bien con los vecinos que pasaban por delante de él al ir y volver del trabajo, y con los animalillos de un bosque cercano, sobre todo con los pájaros, a los que les gustaba posarse en las ramas de sus brazos. Su mejor amigo era un simpático pajarillo parlanchín llamado Birdie, que cantaba de maravilla, y que mantenía a Snowy informado de todo lo que  pasaba en las partes del barrio que éste no alcanzaba a ver desde lo alto de su colina.
A Snowy le gustaba sobre todo cuando Birdie le hablaba de cómo iban preparándose sus amigos para el día de Navidad. Las noches eran cada vez más alegres, con luces de colores que brillaban en muchas de las casas, y con el sonido de los villancicos que los niños cantaban con sus papás.

Llegó por fin la Nochebuena, y Snowy estaba disfrutando más que nunca viendo todo lo que pasaba en el barrio. Por eso le extrañó ver que de repente Birdie estaba triste. “¿Qué te pasa, buen amigo?” le pregunto Snowy. “Que con lo bonita que es la Navidad, me da pena ver a los que tienen problemas y no pueden disfrutarla como nosotros”. “¿Quién tiene problemas, Birdie?” El pajarillo contestó “Cuando venía volando para acá, he visto a Mamá Coneja, que me ha dicho que lleva toda la tarde buscando comida para preparar una cena de Navidad a sus conejitos, pero que con tanta nieve no encuentra nada”. Snowy también se puso triste, pensando en que no podrían disfrutar de la Nochebuena esos suaves conejitos que tanto le gustaba ver saltando a su alrededor.
De repente, la gran sonrisa de Snowy se iluminó. “¡Birdie, ya tengo la solución! Lleva a la madriguera de Mamá Coneja la gran zanahoria de mi nariz, con eso podrán tener una estupenda cena de Navidad!” Birdie exclamó contento “¡Qué gran idea!” Pero de pronto dijo preocupado “¡Snowy, si hacemos eso, te vas a quedar sin nariz!”. Snowy respondió sonriente “No importa, total, con tanto frío estoy siempre constipado. ¡Mejor, así no tendré que sonarme la nariz!”. Snowy acabó por convencer a Birdie, que se encargó de llevar la gran zanahoria a Mamá Coneja. ¡Qué contenta se puso! Y Snowy también cuando se lo contó Birdie.
“Mira, Birdie” dijo Snowy, “Mientras estabas fuera, he pensado que podíamos hacer más cosas para alegrar la Nochebuena a nuestros amigos. Por ejemplo, podrías llevar mi sombrero al señor Rodríguez. Siempre me saluda muy simpático cuando pasa, y tiene que pasar mucho frío en la cabeza con esa calvorota que tiene”. Birdie le preguntó a su amigo Snowy si no se le quedaría muy fría la cabeza a él, y Snowy le respondió que no, que estaba bien así, y que en realidad lo que le preocupaba era que igual dentro de unos días subiría algo la temperatura. Birdie se entristeció, pensando que su amigo muñeco de nieve corría el peligro de derretirse en cuanto asomaran los primeros rayos de sol, pero Snowy interrumpió esos pensamientos diciendo con voz divertida: “¡Venga, Birdie, que vuelas menos que una gallina! Vete ya, que al pobre señor Rodríguez  se le van a congelar las ideas. ¡Y vuelve rápido, que quedan otros recaditos por hacer!”

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